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Sobre lo vivido en el XXXVI Festival de Coreógrafos Graciela Moreno por Carolina

Me consta que el FCGM, bajo la nueva dirección de doña Karina Salguero está buscando crear canales de comunicación efectivos para la retroalimentación positiva, en miras de mejorar esta querida plataforma.

Carolina Burgos

27,28 y 29 de setiembre. Teatro Nacional.

 

Obras estreno: Dur, Bryam Jossué Guzmán. San Lucas, Colectivo Aguadulce. Extracto, Camilo Regueyra. Mis Nenúfares, Kevin Arce. El Casorio, Miguel Bolaños. 

 

Setiembre llega y con él una edición más del Festival de Coreógrafos Graciela Moreno. Para esta ocasión, la temática fue Exclusión y Olvido, para la cual, cuatro coreografías fueron elegidas y solamente una se presentó en la categoría de participación libre. 

 

Como jurado internacional se contó con la presencia del señor Javier Contreras, codirector del Centro de Investigación Coreográfica de México, Ana González, profesora, coreógrafa e intérprete mexicana y Erika Pirl, coreógrafa y artista visual francesa. 

 

Viernes: obras ganadoras de la pasada edición

 

El Festival dio inicio el viernes 27 de setiembre, con las obras ganadoras en la pasada edición. Atinadamente, la primera pieza de la noche fue Irse de Wendy Chinchilla. Esta gran bailarina abrió la noche con gran fuerza en escena y conmovió a la audiencia con su impresionante interpretación. No cabe duda del por qué esta coreografía la hizo meritoria del Premio Nacional a Mejor Intérprete en el 2018. 

 

Háptica, coreografía de Daniela Araya, fue la siguiente. Para esta ocasión, Araya compartió el escenario con Esther Saborío en lugar de Rebeca Acuña, con quien lo hizo el año pasado. Debo admitir que, a diferencia del 2018, esta vez disfruté de ver esta propuesta. Ambas bailarinas demostraron gran compenetración y conexión, que se vio traducida en una gran limpieza en los unísonos y en la coreografía en general. Percibí que, tanto la temática como la pieza en sí misma, adquirió mayor peso, aspecto  que no pude identificar antes. Buen trabajo.

 

El Colectivo Aguadulce presentó la tercera obra de la noche: Los Pelos en el Alambre. Todo lo que tenía que decir sobre esta pieza lo hice en la crítica del año pasado. Lo único que considero meritorio mencionar es que los creadores realizaron diversos cambios en la propuesta, al agregar escenas, alargando, considerablemente, la coreografía. Lastimosamente, dichos cambios no aportaron mayor impacto, ni ayudaron a mejorar la pieza.

 

Seguido del intermedio, Fabio Pérez y Andy Gamboa presentaron El último recuerdo, una obra cargada de dolor. Esta pieza se basa en las experiencias e historias de Carmen Lyra, Chavela Vargas y Yolanda Oreamuno. Definitivamenteempapan al espectador de sufrimiento. A estos intérpretes se les conoce por su línea coreográfica y artística que fusiona el teatro, la danza y majestuosa plasticidad en escena. Fabio y Andy demostraron muy bien el dominio que tienen sobre su estilo.

 

La noche cerró con El reflejo de las cenizas de los coreógrafos Miguel Bolaños y Daniela Bonilla. A diferencia del año pasado, percibí que a ambos intérpretes les hizo falta conexión y sintonía. Daniela, en particular, parecía un poco perdida durante la propuesta. Rescato el dominio técnico de Miguel, quien es un excelente ejemplo de cómo la danza urbana puede representar una gran herramienta en el enriquecimiento del movimiento contemporáneo.

 

Sábado: noche de estrenos

 

La noche dio inicio con el joven creador Bryam Jossué Guzmán y su pieza Dur. El primer aspecto que capturó mi atención fue la banda sonora, que creó un ambiente y una atmósfera de plenitud en el escenario. Como espectadora fui, paulatinamente, transportada a una jungla en donde vi a un joven feliz, pero en conflicto interno.

 

A nivel de lenguaje de movimiento, Bryam empleó movimientos latigazos y frases frescas que fueron acorde a sus capacidades como bailarín. De vez en cuando, pude detectar uno que otro movimiento que rompió con el lenguaje propuesto, por lo tanto, concluí que fueron utilizados a modo de relleno. No obstante,  mantuvo la misma línea a lo largo de la coreografía, dándole unidad.

 

Por varios motivos, resalto la obra Dur. Primeramente, en un unipersonal (que el programa de mano no define, pero, me da la impresión que lo es), la síntesis y claridad en la propuesta es algo realmente difícil de lograr, debido a que pocas veces se cuenta con el apoyo de un ojo externo para la retroalimentación. Segundo, la interpretación de Bryam la hallé atinada y en perfecta medida con la propuesta, lo cual lo convierte en fuerte candidato para el premio a Mejor Intérprete Masculino. Tercero, considero que fue la única obra que evidenció en las tablas la temática del concurso, de manera clara, pero sin caer en lo obvio. 

 

Su final fue lo más contundente, ya que rompió con el ambiente musical. El Himno Nacional de Costa Rica, cantado en lengua bribrí, irrumpió dentro del Teatro Nacional. Definitivamente, un cierre que nos estremeció como audiencia.  Dur es una pieza redonda, clara y con la extensión ideal. 

 

San Lucas fue la segunda obra de la noche a cargo del Colectivo Aguadulce, una obra inspirada en la prisión de la isla San Lucas, en Costa Rica. Esta pieza tiene un inicio captivante en el que los bailarines siguen la música de manera precisa, con lo que capturan la atención de la audiencia. Tanto el movimiento de rodillas de Ariana Pereira, como la casi imperceptible deslizada de Gustavo Mena resultan muy atractivos.

 

El vestuario consistió en unos sacos y máscaras de yute, por debajo de estos, dos mallas negras en los rostros de los bailarines, una lycra negra larga y camisa negra de manga larga, con bultos en todas las extremidades. Más adelante, ambos artistas, tienen unidas sus cabezas, por un largo cordón negro.  

 

Como costarricense, al ver el nombre San Lucas, lo asocio, automáticamente, con la terrible prisión que pasó a los libros de nuestra historia nacional. Aspecto que, muy posiblemente, era la intención de ambos bailarines, dar a entender. Considero que el vestuario les jugó una mala pasada, ya que no hizo alusión a prisioneros, ni nada relacionado con el sitio, sino hizo referencia a seres alienígenas, por lo que me confundí  como espectadora. La luz circular proyectada en las tablas, no resultó un elemento decisivo para que, como público, concluya en que están en un foso de la prisión. 

 

En el conversatorio, Pereira explicaba que quisieron utilizar esta indumentaria para hacer alusión a que “las personas torturadas en la prisión San Lucas, hasta cierto punto dejaron de ser humanos, para convertirse en seres amorfos”. Sin embargo, como espectadora, no siempre voy a tener una explicación del autor como para asociar la temática con lo expuesto en escena. 

 

El utilizar doble malla en sus rostros, más una máscara de yute les dificultó, en gran manera, la visión. Como consecuencia, hubo mucho trastabilleo y muchos de los agarres estuvieron sucios. Tampoco percibí conexión entre los artistas. Como público, noté un gran esfuerzo de  parte de Ariana por intentar vincularse con su pareja, sin ver una respuesta de él. Además, a lo largo de la obra, Gustavo careció de total interpretación. 

 

Seguidamente, Camilo Regueyra presentó Extracto, un fragmento  de su obra Imposible Quietud. En esta pieza, el creador se inspiró en la cotidianidad y la ansiedad con la que vivimos todos los días, temática que lograron a cabalidad. Los intérpretes utilizan movimientos con carácter ansioso y gestos cotidianos que acompañan la propuesta. 

 

Pude identificar dos hilos conductores. Primero, cada artista utiliza, a criterio propio, los movimientos y gestos establecidos, creando su propia partitura, pero en unidad con el resto de las personas en escena. Segundo, hay un intérprete narrando, a modo de improvisación y casi trabalenguas, sus quejas, temores y rutinas, lo que establece, sin lugar a duda, agitación en el público.

 

Por supuesto, debo mencionar el elemento que sobresalió de todas las propuestas de la noche: el microondas. Un utensilio utilizado casi por todos nosotros en nuestro día a día. Personalmente, me sumó aún más intranquilidad porque solo podía pensar, “¡esa taza debe estar hirviendo!”

 

Gabriel Rodríguez inicia y cierra la pieza, con gran manejo de su cuerpo y una sobria interpretación. Comienza en la esquina trasera izquierda y se traslada, a lo largo de Extracto, en una diagonal hasta llegar a la esquina frontal derecha, donde se encuentra el micrófono utilizado por el narrador. Rodríguez genera gran balance a la propuesta, ya que brinda paz al ajetreo y estrés desencadenado en escena. Así mismo, ofrece un cierre en el que, por fin, como audiencia, logramos respirar.

 

Sin embargo, al establecer en la sinopsis que Extracto es, en efecto, un fragmento  de otra obra, jugó con mi mente haciéndome sentir que a lo visto en escena le hacía falta algo. Tal vez hubiese sido mejor no mencionarlo.

 

Mis Nenúfares de Kevin Arce fue mi predilecta. Una obra de gran belleza estética, poderosas interpretaciones e imágenes hermosas. En primer lugar, destaco los vestuarios, unas capas/ponchos largos, teñidos con colores lilas, rosas, azules y verdes pasteles, que fueron utilizados en diferentes formas a lo largo de la obra, con lo que les sacó el máximo provecho. También, utilizó unas telas transparentes en los torsos desnudos de las intérpretes, un aspecto que le sumó delicadeza a la propuesta. Me fue inevitable pensar en ninfas y en El nacimiento de Venus de Boticelli.

 

En cierto momento, pensé que una tela más ligera hubiese funcionado mejor, dándole más vuelo a las bailarinas. Sin embargo, medité en el peso de las flores pintadas por Monet (artista inspiración para esta pieza) y concordé que la tela escogida por el coreógrafo era más alusiva a los nenúfares. 

 

Resalto la utilización del ciclorama como complemento a las proyecciones realizadas en él y parte del escenario. Brindó aún más textura y suavidad, referente al agua. Además, el movimiento apacible, curvo y largo, propuesto en las tablas, fue perfectamente de la mano con la temática de la pieza. Aplaudo la diversidad de cuerpos escogidos por Arce, lo cual brindó  matices en las imágenes e interpretaciones

 

En la segunda escena, cuando las bailarinas se dividen en tres grupos, María Laura Gutiérrez realiza un pequeño solo con una fuerza desmesurada para la atmósfera que se quería proponer. Menos ímpetu en sus movimientos hubiese sido más atinado. No obstante, en general, las interpretaciones de las bailarinas fueron espectaculares. Ninguna opacó a la otra, hubo gran compenetración y comunicación en el grupo, lo cual se vio reflejado en la sutileza de las transiciones y la incorporación de los unísonos y cánones. Personalmente, creo que el elenco completo era meritorio al premio a Mejor Intérprete Femenino, dándole la oportunidad al grupo de decidir quién utilizaba la pasantía en la CND.

 

Felicito a Kevin Arce y a todo su elenco por esta bella creación coreográfica. Esto es lo que sucede cuando un coreógrafo crea a partir de una temática que lo conmueve y atraviesa. 

 

Finalmente, El Casorio de Miguel Bolaños fue la obra que cerró la noche, una pieza sobre un matrimonio forzado. El telón se abre y el gran elenco irrumpe en fiesta. Gritos, música, baile, pachanga, los artistas hablando y bailando entre ellos, establecen, de buenas a primeras, un ambiente de fiesta.

 

Adrián Flores sobresale en la propuesta, por su interpretación del novio ebrio. Denota gran manejo corporal y virtuosismo en sus movimientos. Tanto en los solos que realizó como en los dúos o grupales en los que participó demostró gran control, sin abandonar su personaje, en ningún momento. 

 

Como espectadora, fue interesante ver cómo la obra fue evolucionando de un ambiente alegre y festivo a uno obscuro y tétrico. Resalto el cierre de El Casorio, al separar a la novia, interpretada por Daniela Bonilla, del resto de la escena, mientras baila un pequeño solo en una diagonal, en el que muestra su dolor e inconformidad por lo sucedido, hasta salir de escena. Lastimosamente, no hubo fluidez en la frase de movimiento de Bonilla y mucho trastabilleo. Más apertura entre las piernas y una profundización en su flexión, hubiese brindado más estabilidad y control en el movimiento.

 

Conclusiones

 

Como conclusiones finales de esta edición, no mencionaré los aspectos que sí o no comparto con esta plataforma, que en repetidas ocasiones he manifestado. Me consta que el FCGM, bajo la nueva dirección de doña Karina Salguero está buscando crear canales de comunicación efectivos para la retroalimentación positiva, en miras de mejorar esta querida plataforma. 

 

No obstante, hago hincapié en el gran enemigo del Festival: el concurso temático. Al decidir implantar este concurso dentro de la plataforma, debería venir con una serie de lineamientos en los que cada creador y creadora debe regirse. Ahora, desconozco si esto existe, no he participado de este concurso como coreógrafa. Sin embargo, pareciera que no los hay o bien, parecer que dejan mucho espacio para la interpretación, ya que las premisas para las creaciones, claramente, son otras, pero rebuscan la temática del concurso para hacer las obras calzar. 

 

Como mencioné anteriormente, como intérprete espectadora y a título personal, Dur fue la única propuesta que calzó a cabalidad con la temática de Exclusión y Olvido. San Lucas, a pesar de utilizar esta temática como premisa, presentó en las tablas un producto lejos del tema. Extracto, un extracto de una obra mayor (Imposible Quietud) cuyo asunto no tiene nada que ver con la exclusión y el olvido. El Casorio, con una temática y situación clarísima, rebuscó la manera de calzar dentro del concurso.

 

Como aspecto a mejorar  son la sinopsis. Los textos colocados en el programa de mano, en su mayoría, no colaboraron en la lectura de las coreografías. En algunos casos, estaban pobremente redactados como lo fue el caso de Mis Nenúfares. Recordemos que las sinopsis son una gran herramienta, pero un arma de doble filo. Pueden colocar al espectador en el sitio deseado para presenciar la propuesta o puede confundir, aspecto que mencioné el año pasado con Háptica. Por ejemplo, si el Colectivo Aguadulce hubiese mencionado algo sobre “como ya no son humanos”, hubiese significado una grandísima diferencia en la interpretación de su obra. 

 

Varias personas nos estamos sumando en colaboración al equipo del Festival y Teatro Nacional porque, así como la mayoría de ustedes, le tenemos gran estima a este espacio. Les invito (y casi ruego) que se acerquen a los grupos focales, que participen de los espacios de retroalimentación y que se manifiesten, ¡cuantas veces sean necesarias! 

 

El FCGM no es ningún dios, ni Santa Claus para cumplir con todo lo que pidamos. Diversos problemas nos quejan como comunidad dancística y el Festival no puede solucionarlos todos. No obstante, sabemos que hay mucho por mejorar, definir, documentar y crecer para evitar (más) controversias y reenamorar a la comunidad de danza.

 

El Festival de Coreógrafos Graciela Moreno tiene 36 años de existir. Es historia dancística nacional. El pequeño esfuerzo de muchos, unidos, logra grandes cambios. 

 

 

 

Fotografía: Obra Dur. Fotógrafa: ITXN Photo