← volver al inicio


Oda a la diferencia por Carolina

Hay un juego muy interesante entre revelar o no el rostro de ellos y así como público poder identificarlos.

Carolina Burgos

La semana pasada la Compañía Nacional de Danza tuvo su temporada de estreno en donde presentaron la obra “Hipótesis sobre la diferencia”de la mexicana Noemi Sánchez y “Oda al Diablo”de la costarricense Kimberly Ulate. Para esta ocasión, el elenco fue dividido en dos por lo que los intérpretes solo participaron de alguno de los dos procesos creativos. 

 

La noche abre con “Hipótesis sobre la diferencia”, una obra con una temática clarísima: el género. Para lograr exponer su concepto con precisión, los intérpretes utilizan máscaras durante ¾ partes de la obra, de manera que hay un juego muy interesante entre revelar o no el rostro de ellos y así como público poder identificarlos. 

 

Así mismo, el vestuario juega un papel trascendental ya que al ser holgado, de tonos tierra y ser el mismo para todos, no permite identificar géneros; incluso a veces, junto con las máscaras no se puede diferenciar si es la espalda del bailarín o la parte frontal de su cuerpo. De esta manera, el público se mantiene 100% interesado con lo propuesto en escena. 

 

No obstante, a pesar de este recurso tan interesante para la audiencia, a la hora de que la obra llega a la etapa de ir revelando poco a poco las identidades de los bailarines, se extiende demasiado. Se hace repetitivo lo cual cansa al espectador. Considero que la síntesis en este momento hubiese logrado mantener el dinamismo querido desde un comienzo, manteniendo el interés y así poder pasar a la escena final de las parejas. 

 

Por otra parte, el diseño de luces aportó al concepto de la obra, proyectando tonos cálidos como el rojo en el ciclorama. El uso de sombras y contraluces enriqueció mucho la obra, permitiendo profundidades de lecturas.

 

En cuestiones de lenguaje de movimiento, fue uno al cual como costarricenses ya estamos familiarizados. No obstante, el desempeño de Tyronne Guardado y el de Camila González, sobresalió por encima del resto del elenco. Personalmente disfruté mucho de ver a Camila explotando sus posibilidades al máximo y ver cómo este lenguaje de movimiento pareciera ir muy bien con ella. Creo que Noemi logró guiarla en la dirección correcta, aspecto que no he visto en las últimas obras de la Compañía, pero, ¿y el resto del elenco?

 

Aunque los felicito por su interpretación y soltura técnica, considero que la coreógrafa cometió el común error de apoyarse en los más jóvenes, dejando casi de lado al elenco más experimentado. Esto se evidenció a lo largo de toda la obra, en donde especialmente Camila fue la bailarina alfa, en una obra donde el grupo es pilar. 

 

Por otro lado, a pesar de que el acompañamiento de la música fue refrescante y la melodía fue 100% en sintonía con la propuesta, creo que no fue la manera adecuada de usar este recurso. El músico claramente era un protagonista, pero estaba a un costado del escenario, a la par de una pata, casi afuera del escenario pero no completamente adentro. 

 

No obstante, considero que fue una obra con una temática clara en donde el movimiento sencillo pero justo, fue el pilar del discurso coreográfico. Logré disfrutarla bastante.

 

La segunda parte de la noche estuvo a cargo de la joven creadora Kimberly Ulate, con su coreografía “Oda al Diablo”. Esta obra fue inspirada en el personaje del Diablo en las típicas mascaradas, sin embargo, la creadora explicó que dicha obra fue tomando su propio camino. 

 

A diferencia con la propuesta anterior, Kimberly optó por un escenario completamente desnudo, sin patas, ciclorama o cámara negra, sino que logró explotar muchas de las posibilidades que presenta el Teatro de la Danza. Desde la rampa hasta la puerta trasera que da a los camerinos, los intérpretes crearon diversos espacios y escenas muy interesantes al ojo del espectador. 

 

Resalto en particular, la escena de las 4 mujeres con las ollas en la parte trasera del escenario. Además de que estéticamente resulta muy atrayente, el uso del micrófono para expandir sus voces me pareció fenomenal. No obstante, en la escena posterior con Miriam Lobo en donde le habla a la olla como si fuese el foso de los deseos, el micrófono no permitió que se entendiera por completo lo que la artista estaba diciendo. Y, ya que estamos hablando de escenas impactantes, la primera imagen de la obra es espectacular. Suena música, se levanta un poco el telón para mostrar solamente los pies de los bailarines que se encuentran colgando. 

 

Al igual que la obra pasada, resalto el diseño de las luces que fueron utilizadas de manera ingeniosa y refrescante, por ejemplo, la luz morada de la primera escena y la luz verde de la escena que le sigue en la parte trasera del escenario. 

 

Por otra parte, resalto al elenco en general que se mostró comprometido con la propuesta, compenetrado y en sintonía uno con el otro. Además, a diferencia de la propuesta anterior, no recayó en ciertos bailarines sino que todos tuvieron la misma participación. Así mismo, aplaudo el lenguaje de movimiento de Fabio y su soltura escénica, ya que no cayó en sus movimientos conocidos (aspecto que he hablado en algunos posts anteriores). Y, no puedo ignorar la maravillosa interpretación de Wendy Chinchilla, quien nuevamente demuestra su monstruosa capacidad interpretativa. No obstante, en general todo el elenco tuvo una muy buena interpretación; ¡los felicito!

 

Sin embargo, en términos de propuesta coreográfica, debo decir que Kimberly se salió mucho de su línea de creación. La conozco desde la Escuela de Danza, y he visto sus trabajos una vez egresada de la institución, y ella ha mantenido siempre su línea artística que va de la mano con las tradiciones y el folklore; es una lástima ver que este trabajo no responde a esto. De igual manera, ella explicó que en este caso la tradición fue utilizada solo como punto de creación, pero como espectadora no pude interpretar ni diablos, ni conflictos ni demonios personales en las tablas.

 

La temática no fue clara, en una obra cuyo título es clarísimo que coloca al espectador en una postura de interpretación definida. Como público se espera cierto concepto en las tablas, y la lectura de la coreografía es diversa y poco clara. No se vio lo macabro, lo tenebroso y oscuro, ni se pudo evidenciar los posibles demonios con los que los bailarines como personas enfrentan y conviven. 

 

Me agrada ver propuestas nuevas y diferentes para el elenco de la Compañía Nacional de Danza, coreografías que los reten a salir de lo conocido y a explorar aún más en las posibilidades que tiene como artistas. Así mismo, felicito a ambas creadoras por asumir el reto de trabajar con un elenco tan heterogéneo y acabar con propuestas de las cuales pueden estar orgullosas. 

 

Finalmente, lo importante de la danza no son los gustos sino lo que provoca en la audiencia y lo que da para comentar. A pesar de mi opinión, creo que ambos trabajos demostraron gran profesionalismo y calidad, no sería justo aclararlo y una mentira no aceptarlo. Así mismo, estoy segura que se encuentran otras personas con opiniones muy diferentes a las mías y eso es lo enriquecedor de la danza, que desde una misma butaca y una misma audiencia, cada espectador interpreta las obras de manera distinta.