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"Imposible Quietud": el movimiento desde lo microscópico hasta lo panorámico por Carolina

La primera imagen que vino a mi mente fue: “¡son átomos!”

Carolina Burgos

Imposible Quietud– Yunta Arte Escénico 

4 de octubre del 2019, Teatro de la Danza.

Dirección: Camilo Regueyra. Intérpretes creadores: Camilo Regueyra, Bryan Chavarría, Ana Cristina Rojas, Gabriel Rodríguez, Estefan Esquivel. Asistencia general: Catalina Tenorio. Diseño de iluminación: Camilo Regueyra. Textos y dramaturgia: Carlos Enrique Regueyra Bonilla, Estefan Esquivel Valverde.

 

Las obras coreográficas de Camilo Regueyra han resonado en la danza nacional durante los últimos años. Entre ellas destacan: Benjamín, obra maravillosa ganadora de premio en el FCGM 2017 y Pedestres, dúo presentado junto a Lina Valverde en el Certamen de Sólodos en Danza 2019, la cual los hizo ganadores de una gira por España. Para esta ocasión, Regueyra trajo al escenario su coreografía Imposible Quietud, una obra sobre la historia del movimiento. 

 

Imposible Quietud no comienza en el escenario, la experiencia inicia a penas se entra a la sala. Camilo Regueyra, Ana Cristina Rojas y Bryan Chavarría se encargaron de dar una cálida bienvenida al público y sentarnos de manera que fuéramos llenando las primeras butacas. Hallé cautivante cómo le estábamos prestando más atención al ajetreo a nuestro alrededor en vez de notar lo que estaba sucediendo en escena, porque algo estaba sucediendo. 

 

Estuvimos restándole importancia a Gabriel Rodríguez, quien también se estaba moviendo, aunque de manera casi imperceptible. Se encontraba de pie, con la espalda hacia el público y en el centro del escenario, era un elemento casi estático entre tanto movimiento en la audiencia.

 

Como ya mencioné, esta obra fue una experiencia desde el comienzo hasta el final. Incluso, durante el audio que siempre reproducen antes de comenzar función, (“El Teatro de la Danza les da la más cordial bienvenida. Les recordamos apagar sus teléfonos celulares…”), los tres bailarines interpretaron el texto en movimiento, cuáles auxiliares de vuelo, un detalle maravilloso. 

 

Durante las primeras escenas de la pieza, todos los intérpretes estuvieron vestidos con overoles azules de manga y pantalón largo, semejantes a los trajes de mecánico. Estefan Esquivel, vestido con traje entero, sale al escenario a narrar –de manera seria pero con tintes de humor– la información de la pieza, así como lo que iríamos a presenciar, en lugar del programa de mano ausente. 

 

Para esta narración, hicieron uso de la cámara de un celular, cuya imagen se proyectó en un pequeño cuadro al lado derecho del ciclorama; otro detallazo. Sin embargo, creo que hubo un pequeño error de cálculo. Me parece que la intención era hacer énfasis en el movimiento de la boca de Esquivel al narrar y la cámara estaba un poco corrida hacia abajo y solamente pudimos ver su barbilla moverse. De haber sido enfocada correctamente a la boca (que muy posiblemente, lo estuvo en las otras funciones), hubiese sido una imagen muy rica de observar. 

 

Posterior a esta larga introducción, los bailarines entran a escena, corriendo en círculos alrededor del centro. La primera imagen que vino a mi mente fue: “¡son átomos!”. Parecían electrones corriendo alrededor de su núcleo. Aunado a esto, el diseño de iluminación utilizado consistió en destellos y flashazos de luz, de diferentes colores y en diferentes momentos. Un bosquejo muy peculiar, ya que no es común verlo en propuestas coreográficas y enriqueció muchísimo la imagen deseada. 

 

Mientras los intérpretes corrían en círculos, paulatinamente, entraban, uno por uno, al área del núcleo y realizaban una frase de movimiento. Utilizaron un lenguaje de movimiento circular, fluido y con intenciones gravitacionales para complementar la idea. A pesar de que al estar en el núcleo, la riqueza de todo lo propuesto en escena logró cautivarme como público, la transición de la corrida al movimiento no tuvo fluidez, la energía se rompía y no fue orgánica la unión de ambas partes. Aspecto que se exacerbó cuando fueron dúos en el centro. 

 

Posterior a esto, todos los electrones (bailarines) se unieron al núcleo y se convirtieron en una gran masa. Esta masa, compuesta por los 4 intérpretes, buscó desplazarse por la escena y, eventualmente, separarse. Para continuar con el viaje y mi interpretación como espectadora, dejaron de ser átomos para convertirse en una célula en proceso de meiosis (separación celular). No obstante, una mayor exploración en la técnica del contact les hubiese permitido un mayor y fluido desplazamiento por el piso, ya que la escena se tornó pesada de observar al no tener cambios dinámicos. 

 

Una vez separados, el escenario se despejó y Bryan ingresó con una bata de doctor, acompañado de un texto narrado por él mismo, como audio. Seguido, Estefan entra a escena con Camilo acostado desnudo en una mesa de metal, semejante a las usadas con los cadáveres. A manera de experimentación Bryan investiga, minuciosamente, el cuerpo de Camilo, pellizcándolo, estripándolo, moviéndolo y halándolo. Estefan acompaña este proceso médico con la cámara del celular que, nuevamente, se proyecta en el ciclorama, enfocándose en las partes de cuerpo que Chavarría interviene. 

 

Definitivamente, un refrescante uso del video en propuestas coreográficas. A pesar de que, otra vez, no encontré cambios dinámicos, haciendo de la escena un poco plana, la imagen proyectada con el celular capturaba, por completo, la atención del público. Estuve atenta a ver qué era lo siguiente que iban a enfocar. 

 

Seguidamente, la escena consistió en el extracto presentando en el FCGM. Pese a que mantuvieron la misma estructura coreográfica, propusieron pequeños cambios que, como previa espectadora al acto, agradecí. La mesa era más larga y tenía un mantel, los intérpretes se sientan a la mesa, aislados con sus celulares, antes de comenzar con el movimiento. El microondas, por supuesto, estuvo presente al igual que la fantástica narración improvisada por parte de Estefan Esquivel. 

 

La escena final fue una fiesta de movimiento en la que los intérpretes hicieron juegos de improvisación en el escenario. Luego, bailaron en la sala, en medio de la audiencia, para, al final, invitarnos a subir a las tablas con ellos. De hecho, no salimos por la usual salida, sino que atravesamos el escenario y llegamos a la puerta trasera del Teatro.

 

Imposible Quietud fue un viaje de movimiento. Desde lo microscópico hasta llegar a la era moderna contemporánea. A pesar de que no ha sido la mejor pieza que le haya visto a Regueyra (ni la que le veré) y tampoco ha sido de mis obras favoritas en el 2019, definitivamente, creo que tiene espacio para mejora. Podrán tomar en consideración las sugerencias descritas en esta crítica (y otras que, posiblemente, les hayan hecho) esta coreografía puede depurarse para alcanzar un mayor impacto. Sin embargo, este coreógrafo, junto a su elenco, lograron algo que no he experimentado en mucho tiempo como espectadora: salí feliz del Teatro. ¿Cómo lo hicieron? ¡No tengo la menor idea! Francamente, no me interesa averiguarlo. 

 

Lo que se expone en las tablas va más allá de técnica, dramaturgia, vestuario y el sin fin de elementos que convergen para crear una puesta escénica. El fin del arte es conmover, generar sentimientos –cualesquiera–; es que el público no sea el mismo al salir de la sala. Camilo Regueyra es de una de las grandes promesas para la creación coreográfica costarricense y tiene muy claro lo que busca generar en su audiencia.