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El techo está en llamas por Javier

Me atrevo a afirmar, con toda seguridad, que somos más fuertes y tenemos mayor impacto del que nos gusta admitir.

Javier Jiménez

 

Tiempo de lectura estimado: 7 min

Mucho se ha hablado de los problemas de una crisis y como consecuencia una recesión. En palabras simples, hay menos producción, el dinero circula poco, pues se prefiere guardar y el desempleo aumenta. El miedo a gastar se hace más común y hay mayores riesgos de inversión. Todo lo anterior, tiene serias implicaciones sociales y educativas. Eso lo sabemos y comprendemos. 

Tener claridad del impacto económico y las políticas públicas es importante para analizar por qué estamos así. Para mí –desde lo más objetivo que puedo– son años de estrategias políticas, sociales y económicas públicas fallidas y nefastas. Años de gobiernos y jerarcas que creen que somos medianamente inservibles, poco productivos o intrascendentes. Décadas de condiciones laborales deplorables para artistas. Eso lo hemos permitido todas y todos en suma parte, porque no hemos logrado hacerle comprender a la gente cómo necesitan lo que hacemos.

 

Hemos perdido el tiempo

Puntualmente, en la danza, quiero señalar un error en el que hemos caído la gran mayoría, que podría ser un factor de cambio muy sencillo: la crítica destructiva. Hemos perdido años en esto, en estar desarticulados. 

La desarticulación la hemos provocado todas y todos, por quedarnos callados también. Antes de señalar al Gobierno –que igualmente lo haré– tenemos que hacer autocrítica, pues es una actitud gremial; en general, no estamos unidos. Eso tiene que cambiar, desde el maestro que denuncia al que abusa; desde el profesor o profesora que deja de enseñar que lo más importante es lo que él o ella enseña; desde que enseñamos a las personas estudiantes que el gran espectro de la danza es más que un estilo, técnica o tendencia; desde que nos dejamos de autodestruir y usar esa energía en apoyar y atacar –sí atacar– a quienes debemos. 

El arte y, como consecuencia la danza, es una forma de hacer política, tiene incidencia directa, es atemporal y, a la vez, tiene impacto directo en su contexto inmediato, porque la danza no es solo cuerpo ideal y técnica prístina, sino una idea, un concepto y una realidad. Somos seres culturales, así no realicemos una práctica artística. Sí, la política está en todo, pero me atrevería a decir que esta no sobrevive sin la cultura y sin el desarrollo de los pueblos.

 

Liderazgo cultural

¿Nos merecíamos a estos líderes que hemos tenido? Quizás sí, o bien, quizás no hemos sido lo suficientemente valientes o unidos para hacer lo que tenemos que hacer. Hemos tenido en cargos públicos a personas que solo siguen sus intereses, que se aferran al poder, que no se preocupan ni por sus compañeros de trabajo, porque les interesa más el renombre artístico que la humanidad que encierra el correcto proceder. Además, porque hay más preocupación en la legalidad que en la humanidad, porque en medio de esa legalidad se perpetúa la injusticia. Hablamos y repetimos que el arte nos sensibiliza, pero, en algunos casos, no somos tan sensibles cuando se trata de colegas.

Considero entonces que —antes de reírnos de un Donald Trump, preocuparnos por un Bukele, asustarnos por un Bolsonaro o idealizar a una Merkel—, deberíamos ser capaces de ver que el techo de la casa de nuestro país está en llamas y que se nos viene quemando hace años. Debemos de tener mayor injerencia en las políticas públicas de nuestro país, leer el Plan Nacional de Desarrollo (PND) y exigir políticas culturales reales y tangibles para manifestarnos con mayor vehemencia al respecto.

 

Recorte al presupuesto de cultura 

Hemos sido un buen ejemplo en Latinoamérica y el Caribe, la producción artística de nuestro país es altamente valorada. La danza del país es robusta y amplia, ha habido personas con liderazgo artístico que nos han heredado una trayectoria cultural incalculable, porque hay personas que, con o sin presupuesto, decidieron hacer una lucha desde los años 70. No se debe ni se puede aceptar que 5 décadas después demos pasos atrás en lo que a tantas personas les costó darnos y pasarnos el legado y la responsabilidad de accionar desde donde cada uno puede.  

No voy a comparar presupuestos del MCJ con otros Ministerios, no viene al caso, por el simple hecho que mucho depende del Plan Nacional de Desarrollo de cada gobierno de turno y claramente, de las políticas públicas, pero debemos ser muy analíticos al reflexionar que cuando una institución o ministerio presenta superávit –hablando de finanzas públicas y gestión pública- algo no se ejecutó, o bien, algo no se planificó. No soy economista ni analista de datos, pero sí puedo decir que, a los ojos de los jerarcas, el superávit en cultura no es algo bien visto.

Ahora bien, desde el plano económico —porque es por donde más se le ataca a la cultura—, voy a usar un ejemplo muy básico que nos da una idea de por qué cada actividad cultural cuenta, ya sea desde la institucionalidad o desde lo privado: 

Cuando vamos a un festival o feria en un parque, hay locales alrededor. Digamos que solo compramos un fresco, pero nos devolvemos en Uber entre varias personas para ahorrar. En el mejor de los casos, nos fuimos a comer luego del festival; o bien, pudimos comprar algo de una feria. Sobre lo que vemos hay inversiones, por ejemplo: las telas que se compran, los artículos o accesorios de utilería, el maquillaje, la costurera y otro sin fin de actividades comerciales. Es nuestra actividad la que está produciendo. 

Somos nosotras y nosotros los que colaboramos con el empleo de manera directa o indirecta. Al final, esa costurera es la mamá de alguien, ese colaborador que lo atiende, así sea por un granizado del parque, podría ser el novio de alguien, que con el dinero de su salario comprará otras cosas. Creo que a esta altura puede que no concuerde y que piense que son las empresas las que se benefician, pues sí y no. Es claro que quien se hace más rico es el dueño del restaurante o la empresaria dueña de la tienda de telas, pero no puede olvidar la empleabilidad que genera la compra y uso de servicios. Si pasamos el ejemplo a la función de cierre de año de una academia, a un festival en un teatro o lo dimensionamos a un concierto podrá ver que hay muchas más personas involucradas. 

El arte sí produce, sí genera, quizás no tanto en materia macroeconómica, no como Asamblea Legislativa quisiera, pero sí somos fuente de empleo, de seguridad social, de desarrollo cultural y de circulación económica. No se trata que el arte sea solo una pintura costosa o un tiquete a un parque de diversiones; la cultura es más que eso y si alguien no es capaz de verlo, es porque la educación falló y la cultura no llegó a esas personas. 

Queremos vivir en condiciones de primer mundo con inversiones e ideologías de países empobrecidos; ridículo. La apuesta a la cultura debe ser más alta. 

 

El arte como ente transformador 

Solo dedico una pequeña parte al bien social porque todos lo vivimos y lo sabemos, pero quizás compartirle esto le ayude no a usted que hace arte, sino a un amigo o familiar que está cerrado en que las artes no hacen más que estorbar, que es mejor cerrar todo, que estamos en crisis y que lo que hacemos es un privilegio y que mejor que el MEP se encargue de la cultura.

Yo crecí en Hatillo, un lugar por el que nadie daría un cinco. Kinder público, escuela pública y un colegio semi privado. Cuidado por una abuela, no jugaba fútbol, no tenía donde hacer arte, amanerado, objeto de burlas, pero enfocado, metido en la iglesia sin aceptarme y bastante depresivo en la escuela y colegio; pero a mí fue la cultura la que me salvó. Un grupo scout de niño y en mi adolescencia el baile. Gracias a la danza me empoderé, porque pese a las burlas por ser “el chico scout” o la “loquita que bailaba”, me di cuenta que tenía algo valioso y eso nadie me lo quitó. 

Empecé a tratar de empoderar a otras personas. No desde quién es más contemporáneo o a quién le sube más la pierna, sino desde la seguridad, autovaloración y autocrítica, porque entre más personas seguras y críticas, habrá mayor desarrollo comunal. Porque cuando se incide positivamente en la familia, que es la cuna de la sociedad, se afecta positivamente a un país. Porque un país que es competitivo se destaca, porque un arte que prevalece es fuente de desarrollo. No somos inservibles, somos más necesarios de lo que nos damos cuenta. 

En mi caso fue la danza. Multiplique, entonces, eso por cada arte, por la cantidad de personas que el arte ha transformado y por las comunidades beneficiadas, mírelo desde la política cultural en incidencia social. 

 

La pandemia y el arte

Cuando inició la pandemia, la gente necesitaba escuchar música, ver series, cocinar, crear, leer… en fin, ¿qué es esto sino una manifestación de la cultura? ¿Todavía pensarán que no éramos tan necesarios? Cuando de no tener todo lo que nos desahogaba la gente estaría posiblemente más atormentada de lo que ya estaba en sus casas.

El arte está en cada decisión. Desde que estos jerarcas escogen lo que se ponen al vestirse, el desayuno que se comen y lo que escuchan de camino al trabajo se ven rodeadas de manifestaciones de la cultura de un país. Nuestras elecciones diarias son parte de los rasgos identitarios de una cultura. Vivimos llenos de arte, pero no lo vemos. 

Discuta, entonces, con ese primo que dice que nuestro Ministerio no sirve para nada, pero que paga Spotify o Netflix, o con esa amiga que piensa que la danza es inservible en pandemia y que es un divertimento. Háblele de producción y empleo. Cuando interactúe con una persona que no cree en la cultura, pregúntele cómo ha sobrevivido todos estos años; en especial, luego de los meses vividos. Nadie que viva en sociedad está alejado del derecho cultural de su pueblo, porque le es inherente por nacimiento. La cultura es –para quienes creen– como el pecado original, se obtiene al nacer y no se va ni al morir. 

 

¿Qué sigue?

 Denunciar, hacer arte con las uñas, aferrarnos a lo que nos queda, hacer arte contestatario; unirnos. Me atrevo a afirmar, con toda seguridad, que somos más fuertes y tenemos mayor impacto del que nos gusta admitir. Es cierto que vienen ajustes dolorosos y un casi seguro recorte, vienen tiempos muy oscuros, es momento de poner en evidencia eso, porque tenemos mucho tiempo así. Actualmente, hay personas artistas muy comprometidas con esta causa. 

Es un excelente momento para usar más nuestro arte para señalar a quienes nos quieren ver la cara de inútiles e ingenuos. La ventaja con el arte es que puede quedar en el tiempo. Es un buen momento para ser directos, para que en nuestros trabajos haya nombres, para que el pueblo no olvide que esto es producto de luchas políticas de años, de partidos políticos que juegan con el presupuesto para arruinar a otros. Toda esta movida presupuestaria es un pulso partidista. Es buen momento también para denunciar todo lo que muchas instituciones han perpetuado. 

La pandemia va a seguir y nosotros y nosotras tenemos que seguir también, pero también debemos ver que en el seno de nuestro gremio hay intereses políticos, apego al poder, denuncias que hacer, desigualdad, abuso e injusticias. 

Debemos buscar en las fuentes, investigar sobre partidas, pedir datos, hacer cartas, denunciar el mal manejo de fondos y a la Asamblea dedicarle un buen capítulo de nuestras obras. Debemos producir y dejar de pensar que no somos valiosos. Lo que vivimos no es un golpe a la institucionalidad o a un partido específico, es un golpe a la ciudadanía, al acceso y al derecho educativo, cultural y de desarrollo de un pueblo. 

En las próximas elecciones, solo recuerde que el presidente pondrá a un ministro o ministra, quien, a su vez, escogerá a sus jerarcas. Se pronunciarán leyes y los diputados votarán esas leyes. Cada voto cuenta, cada persona cuenta y ¿qué mejor que el arte y sus manifestaciones para incidir?

El poder siempre estará mejor en las manos de quien no lo quiere. Sepamos reconocer a quienes no hacen nada con él. Que el arte sirva para que el pueblo recuerde, quiénes son las personas responsables de lo que nos quieren arrebatar. 

 

 

 

Fotografía tomada de Semanario Universidad con fines ilustrativos. Foto por Katya Alvarado. Vigilia en el Ministerio de Cultura y Juventud. Sara Mata sostiene una vela blanca, a la izquierda.