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Certamen La Semilla 2019: en tierra fértil por Adrián Figueroa

...quién diría que se puede bailar y hacer todo un desarrollo coreográfico en tan solo 1.20 metros cuadrados.

por Adrián Figueroa

Pude disfrutar de la tercera edición del Certamen La Semilla, un festival que se ha venido plantando en la memoria del sector de la danza en Costa Rica. Es una muestra, cuyo formato llama mucho la atención, pues quién diría que se puede bailar y hacer todo un desarrollo coreográfico en tan solo 1.20 metros cuadrados.

 

En esta oportunidad pudimos observar ocho trabajos, siete seleccionados a través de una convocatoria y uno que el público eligió a través de las redes sociales del Certamen, para ser parte de la muestra. Al ser las cinco en punto de la tarde, arrancó la tercera edición del Certamen La Semilla en el Parque Central de Tres Ríos, en el cantón de la Unión de la provincia de Cartagoy nos dimos a la tarea de disfrutar durante una hora, danza en microespacio.

 

La función inició con la coreografía La Oveja de Mila Acuña, unipersonal de danza-teatro que me retrató la forma en que la sociedad nos impone roles, cómo nosotros somos dueños de nuestras decisiones y tenemos la capacidad de desprendernos de lo que nos perjudica o dejarnos llevar. Una puesta que puede madurar mucho. Deja poco a la imaginación y termina intentando ser muy literal, lo que la vuelve muy predecible y más dramática que comunicativa. Se puede trabajar más en la interpretación del personaje, para que acompañe de una forma más moderada la temática.

 

Seguido las mexicanas Aura Domínguez y Edmy Borbón nos interpretaron el dúo Rojo Número 9. Debo decir que es rico ver propuestas jóvenes, pero, los participantes no deben olvidar el reto que implica participar en un festival de este tipo, en el que la principal hazaña es lidiar e integrar el espacio a las propuestas. Este detalle estuvo ausente, al igual que en otras piezas del certamen. Esta pieza se mantuvo linda y estable siempre, sin embargo, no logró despegar de donde inició. Un ojo externo vendría bien para este trabajo, pues destaco la interpretación de las chicas y la búsqueda de elementos e imágenes.

 

Alter, coreografía de Daniela Valverde, fue la escogida por el público en redes sociales para ser parte de la muestra. Me gusta mucho cuando la danza se sale de los prototipos y se desarrolla rompiendo la barrera de los cuerpos y sensaciones, demostrando la diversidad en el movimiento. Es una pieza grupal que, como muchas otras propuestas de Daniela, tratan de sumergirnos en un mundo de fantasía. En esta oportunidad lo hizo utilizando unos grandes sombreros color azul rey, con largos velos del mismo color, nos quisieron llevar en ese mundo de personalidades de un mismo yo, que la obra propone. Sugiero que le pongan atención a las interpretaciones, ya que es un elemento que considero debe reforzarse, lo que haría que crezca la coreografía y, por supuesto, que le pierdan el miedo al espacio; está bien tomar retos y llevarlos al máximo.

 

Alejandro Barboza nos regaló la coreografía Cautivo. Debo decir que fue una propuesta que me llamó mucho la atención. En compañía de Josué Villalobos desarrollan un juego de contacto que les permitió ir progresando y haciendo que, como espectador, me metiera en el juego también. Es rico verlos trabajar juntos. Quiero destacar en esta pieza la interpretación de Josué, a quien he visto desde hace mucho tiempo crecer en su proceso y, debo decir, que me va gustando lo que va sucediendo con él y su escena. Considero que deben darle un vuelco dramatúrgico a la propuesta, pues tiende a volver repetitivo el mensaje y podría cansarnos. La pieza se presta para generar matices que nos sorprendan.

 

La quinta propuesta de la tarde fue la de Andrés Martínez, Tripalium Factum. Un solo que, por el nombre y lo que nos mostró, transmitió todo ese significado que trae consigo. Tripalium es una palabra en latín que hace referencia a un método de tortura utilizado en la antigüedad, pero, al día de hoy, llegó hasta nosotros como “trabajar”. Andrés hizo una fuerte interpretación en su personaje, a la vez que nos transmitió una gran pasión. Fue una de las propuestas más desarrolladas y que logró una apropiación del espacio con bastante coherencia.

 

Danza Abend nos acompañó en esta oportunidad y lo digo con entusiasmo. Me alegra ver como un proyecto tan importante para la memoria de la danza contemporánea en Costa Rica resurge y se va implantando, de nuevo, en el quehacer dancístico. Asfixia es la obra que nos prepararon y debo decir que se mantienen muy en el estilo de trabajo que les caracteriza. Sin embargo, en esta propuesta se alejan un poco de la danza moderna y se mantienen más en la danza-teatro, incluso, en el teatro gestual. La propuesta está llena de simbologías e imágenes bien desarrolladas, además de una buena interpretación en este dúo por parte de Gabriela Dorries y Gabriela Peña. Pero, sigo apuntando a que, tanto esta como otras propuestas deben arriesgar más en la exploración del movimiento con el desafío espacial.

 

Controladoxs es la coreografía de Luna González en colaboración de Erick Yair, un grupal que me puso a vibrar. Hay momentos en los que una coreografía, simplemente, te transporta a algún sitio y así fue con esta pieza. Cargada de muy buenas interpretaciones, muy buena ejecución técnica y con un dibujo espacial muy rico en movimiento, pude acercarme al mensaje que nos transmitieron, tratando de conectar las relaciones de poder y control, con las luchas ancestrales de nuestros antepasados indígenas, que se mantienen hoy día, al tratar de sobrevivir a la historia.

 

Para cerrar la velada, Rebeca Alvarado, Vladimir Rocha y Karlton Lacey nos presentaron Después del Recuerdo de la Lluvia, para mí, la favorita del certamen. Una coreografía de danza contemporánea que me transportó a momentos de nostalgia, lucha y esperanza. Con excelentes interpretaciones de los tres y una dinámica de movimiento muy acorde a la propuesta lograron generar una ambientación envolvente. Cada uno de los elementos de la propuesta se amalgamaron para darnos un resultado favorable.

 

Quiero felicitar a la organización de este espacio, no solo por ofrecernos un año más una nueva edición del Certamen, sino, también, por hacer el esfuerzo de darle permanencia a una forma distinta de integrar la danza en entornos y públicos diversos. Aprovechando esta reseña, me gustaría aportar algunos puntos de vista que podrían ayudar a mejorar las próximas ediciones. Un evento de este tipo no se hace grande solo porque su contenido sea amplio. También, está en el cuido de los detalles el crecimiento en calidad y que se vuelva un referente del público meta que se persigue, sea este profesional, comunal o cualquier otro. Por ejemplo, se puede tratar de hacer más ameno el desarrollo de la muestra, estaría bien si alguien presentara el certamen de forma amigable y hubiera más contacto con el público, que permita romper la cuarta pared.

 

El certamen persigue tres ejes claves: el desarrollo artístico, el encuentro comunitario y el acercamiento de la danza a la comunidad de la Unión. Después de ver el Certamen, me quedo con ganas de conocer el impacto de los ejes, que como ya les habíamos comentado, este año la novedad que nos trae La Semilla, es el desarrollo de talleres y presentaciones de danza en otras comunidades del cantón. Creo que el Certamen tiene todo el potencial para generar actividades colaterales, las cuales aporten a darle significado a sus objetivos. Les invito a que sumen todas las ideas y alianzas posibles y que germine esta semilla que podría convertirse en un gran árbol para la danza de nuestro país.

 

 

 

Fotografía con fines ilustrativos. Obra Sy-siphus de Ana López, pieza ganadora del Certamen La Semilla 2018 para presentarse en el marco de La Machine Festival de Calle 2019. Fotógrafa: ITXN Photo.