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4 (creadores juntos) contra corriente por Carolina

En este caso, me dejé guiar por sensaciones y por lo que cada una de las coreografías provocó en mí, pero fue inevitable ver que en todas hubo una temática pero no se pudo interpretar cuál era.

Carolina Burgos

El fin de semana pasado recibí una invitación muy especial por parte de unos de los coreógrafos de la temporada “4 contra corriente”, en donde me pidió asistir al evento y hacer una crítica sobre el mismo ya que le parece de suma importancia documentar de esta manera lo expuesto en escena. Les cuento, es la primera vez que me piden oficialmente asistir a un evento y hacer una reseña; podrán imaginarse mi emoción y agradecimiento. Y, a pesar de que todavía no me considero con el conocimiento suficiente para decir que lo escribo es una crítica (no quisiera irrespetar a los que sí lo poseen y lo hacen), creo que lo que comparto con ustedes es mi análisis y pensamientos personales como intérprete espectadora, aspecto que ya he comentado con anterioridad en algunos de mis posts. Sin embargo, me sentí muy honrada ante este pedido y sin duda, eso es lo que haré a continuación. 

 

4 contra corriente” fue una temporada presentada en el Teatro de la Danza en donde se mostraron cuatro coreografías de cuatro creadores diferentes; “Breve relato de un gran trayecto”de Javier Jiménez, fue la obra que dio inicio a la noche. 

 

Sobre esta obra, quiero comenzar resaltando un aspecto que, al menos para mí, no es tan común de encontrar en la mayoría de coreografías a las cuales he asistido en los últimos años; y eso es la composición coreográfica. Creo que de las cuatro obras presentadas en la noche, “Breve relato de un gran trayecto” fue la coreografía con la mejor composición coreográfica ya que contó con diferentes elementos que hicieron de esta obra, algo agradable para ver. Entre esos puedo mencionar la síntesis, la utilización del espacio, el uso de las escenas y contra escenas, la buena utilización de los elementos escenográficos, el diseño de luces, pero sobre todo, su estructura. 

 

No obstante, me encontré ante un choque con el desempeño de las bailarinas en escena. Por una parte, Dayana Araya mostró gran soltura y dominio corporal, en donde se evidenció no sólo su técnica sino el cuidado por los detalles, pero Camila González, a pesar de ser una bailarina con muchas condiciones, descuidó las transiciones y no se vio tan cómoda con el lenguaje de movimiento propuesto. No obstante, considero que es un tema de búsqueda personal como artista y a veces toca bailar algo en lo cual uno no siente dominar, que creo que este fue el caso. 

 

Alfonso Castro, o Poncho como lo conocemos la mayoría, presentó la segunda obra de la noche, “Indio comido… a aullar aprende”. La primera escena de la coreografía cuenta con una gran energía y seguridad por parte de los bailarines, lo cual hace que el espectador inmediatamente se enganche con lo que va a suceder a continuación. Y, para los que vieron la obra, imposible no hablar de los Chicharritos (sí, los que se comen) en escena, un elemento que estuvo a lo largo de la coreografía y que causó no solo sorpresa en la audiencia, sino también expectativa.    

 

Por otra parte, a pesar de que el lenguaje de movimiento no es del todo mi predilecto, creo que fue el adecuado para la primera mitad de la coreografía; fue acorde a lo propuesto y respaldó lo que se quería evocar en las tablas. Sin embargo, para la segunda mitad de la obra, pareciera que el creador se quedó sin herramientas a las cuales recurrir para enriquecer la propuesta a través del lenguaje, y se interpretó como una redundancia. Considero que con un poco más de investigación para esa segunda parte, la obra pudo haberse apreciado de mejor manera. Así mismo, felicito a los bailarines Garry Rosales y Pilar Aragón por su interpretación y desempeño escénico. 

 

Punto Límite”fue la coreografía a cargo del maestro y coreógrafo, Luis Piedra. Quisiera comenzar por resaltar a Paula Herrera ya que ella es la que abre la coreografía y demuestra gran dominio técnico. No olvidemos que Paula ha bailado con Luis desde hace ya varios años y ha estado en la mayoría de sus últimas creaciones (no me atrevo a decir todas porque no tengo el dato para respaldarlo), por lo que se le ve muy cómoda en el estilo del creador; este es un perfecto ejemplo en donde el lenguaje y estilo del coreógrafo, congenia en gran manera con el lenguaje y estilo de la intérprete. 

 

Por otra parte, quiero tomarme un momento para resaltar a Adriana Villalobos, a quien no veo bailar desde que estuvo con la C.C.D.U.N.A. Adriana no sólo mostró  el crecimiento que ha tenido como bailarina en este tiempo fuera de escena, sino gran dominio técnico y soltura escénica. Así mismo, logró aportar su esencia como intérprete y artista en las tablas, lo cual es muy difícil de lograr en especial con un coreógrafo consolidado como lo es Luis Piedra. 

 

Por otro lado, al ser un creador con tantos años de experiencia, ha logrado establecer su estilo creativo y como espectadores, ya se sabe lo que se puede esperar de él. Esta obra respetó los parámetros creativos propuestos por el coreógrafo y tuvo la firma de Luis en todo momento.

 

El cierre de la noche estuvo a cargo de Francisco Centeno con su obra “La noche que nunca pasó”, una obra caracterizada por su gran propuesta escenográfica en donde se eliminaron las patas del escenario y se utilizaron grandes piezas de papel colgadas del fondo del escenario. Así como plumas (o lo que parecían ser plumas) regadas en el suelo, sillas, una maleta, un plástico transparente en un pedazo de uno de los carteles de papel, y cuatro intérpretes en escena. Cuando se da luz al escenario, ya es bastante por observar. 

 

Con esta obra presencié algo curioso porque conforme se iba desarrollando, no lograba conectarme con ella por más que intentaba. Estuve varios minutos pensando en la razón de esto ya que la escenografía era imponente, el lenguaje de movimiento si bien cuenta con una fuerte base clásica y una estética lineal marcada, no significaba molestia para mí; hasta que logré dar en el punto: era demasiado. Los cuatro bailarines nunca tuvieron un momento de quietud, siempre se mantuvo el mismo nivel energético, las luces no causaron diferentes ambientes ni oscurecieron partes del escenario para crear espacios más íntimos, y me atrevo a decir que hubo un mal uso de las escenas y contra escenas ya que se opacaban entre sí. 

 

Hubo una gran saturación todo el tiempo y como espectadora no tuve espacio ni tiempo para procesar lo que se quería proponer en escena. Así mismo, hubo elementos a los cuales no se les sacó gran provecho, como el caso de la maleta, las sillas y el plástico del fondo, lo cual solo contribuyó a agregar cosas innecesarias al escenario. Ahora, no sé si esto habrá sido el objetivo del coreógrafo, y desconozco trabajos anteriores de Francisco por lo que no tengo un punto de comparación previo. Pero como primera espectadora (como todos los somos en algún momento), la imponencia de la escenografía fue opacado por completo por todo lo anterior mencionado, y no logré disfrutar de presenciar la obra. 

 

No obstante, lo que sí disfrute fue ver bailar a Javier Jiménez y María Laura Jiménez. Javier por su parte, es un bailarín virtuoso, un fuerte intérprete y un ejecutante imponente, es uno de los bailarines que más disfruto de ver; es una lástima que cómo intérprete no le hayan sacado más provecho cuando estuvo en la C.N.D. María Laura, una bailarina con una formación de ballet clásico, cuenta con un trabajo hermoso de brazos y torso que hace que uno saboree todo lo que plantea en escena. Aunque debo confesar que en algunos momentos las transiciones me parecieron un poco cortadas, en donde esa no parecía ser la intención. Sin embargo, me pareció una intérprete fuerte y muy placentera de ver.

 

En general, fue un espectáculo variado en donde dicho aspecto se puede tomar como algo a favor o en contra; puede ser que alguien agradezca la variedad y por allá habrá alguien que busque un hilo conductor entre las obras de las noches (cosa que no hubo). Para mí, las dos opciones tienen validez por lo que en esta temporada, los espectadores pudieron encontrar al menos un poquito para cada uno. 

 

Así mismo, menciono que no pude determinar la temática de ninguna de las obras con solo el título en relación con lo propuesto en escena. Usualmente la sinopsis nos dan un preámbulo del tema a tratar, aunque a veces es un arma de doble filo ya puede colocar al espectador en otro lugar por completo (aspecto que aprendí con una de las obras en el F.C.G.M.), pero en este caso, una breve sinopsis hubiese sido agradable; al menos que sean de los espectadores que creen que la temática se debe de entender solamente con el movimiento. En este caso, me dejé guiar por sensaciones y por lo que cada una de las coreografías provocó en mí, pero fue inevitable ver que en todas hubo una temática pero no se pudo interpretar cuál era. 

 

Por último, fue agradable ver jóvenes creadores con coreógrafos más experimentados, compartiendo un mismo escenario en una noche. Alianzas como estas representan un gran valor para las propuestas dancísticas, ya que de esta manera no se requiere una gran inversión en la producción para una sola obra, sino que la responsabilidad se reparte y los aplausos se comparten.