El teatro y la danza se toparon en “Un pajarito me contó que estamos hechos de historias”

El fin de semana pasado tuve la oportunidad de ver por primera vez una pieza con la que he colaborado en dos ocasiones. “Un pajarito me contó que estamos hechos de historias” es una pieza escénica creada por Camilo Regueyra e interpretada por él mismo y Bryan Chavarría, bajo la dirección de Bernardo Mena Young.

Esta obra se presentó por primera vez el año pasado gracias al fondo PROARTES que le permitió a YUNTA Arte Escénico crear una nueva pieza que involucrara el teatro y la danza. En esta ocasión, fue de la mano de la coproducción con el Teatro de la Danza que “Un pajarito me contó que estamos hechos de historias” se expuso sobre las tablas de una sala.

Fotógrafa: Valery Aguilar

Desde hace algunos años atrás, le sigo las huellas a Camilo Regueyra. Camilo ha tenido un notorio interés por el teatro, siendo egresado del Conservatorio El Barco. La mayoría -sino todas- de sus piezas coreográficas están cargadas de elementos teatrales y de escenas que podrían inclinarse más hacia el área de las artes dramáticas. 

No es sorpresa alguna que actualmente se encuentre cursando la carrera de Artes Dramáticas en la Universidad de Costa Rica y que, en medio de este proceso, haya creado esta obra, que denotó un armonioso balance entre la danza y el teatro. Mezclando ambas destrezas de forma integral a lo que no me atrevería decir que es una pieza coreográfica o teatral.

Así también le he seguido el rastro interpretativo a Bryan Chavarría, también egresado del Conservatorio El Barco. Bryan ha participado en piezas dentro y fuera del colectivo de YUNTA Arte Escénico, dándole dos grandes herramientas para su quehacer escénico: la adaptabilidad y versatilidad; aspectos que dejó claros en la interpretación de esta obra.

Fotógrafa: Valery Aguilar

Sobre “Un pajarito me contó que estamos hechos de historias” tengo algunos aspectos a resaltar. El primero de ellos es el vestuario a cargo de Adriana García, que durante la obra se aprecia en constante cambio denotando así el pasar por las distintas etapas de las personas adolescentes hacia sus primeros años de vida adulta. 

Como saben, la temática que envuelve esta obra es la identidad enfocada en la etapa de la adolescencia, una época trascendental y de muchísimo cambio. La escogencia de los vestuarios, así como sus cambios, lograron mostrar aspectos y periodos en la adolescencia de forma metafórica como la falta de identidad propia y el encuentro con ella. 

El segundo aspecto que quiero destacar, son los textos que fueron simbólicos, creativos e interesantes. Personalmente, me gustó cómo se podía desmenuzar el mensaje detrás de ellos sin caer en lo obvio. Este es un aspecto importante que provocó el cuestionamiento, asociación y pensamiento del público asistente -en especial, el público adolescente a quien se le apuntaba-.

Del mismo modo, la aplicación de los textos y la forma en que los personajes utilizaban frases o datos del otro y la ruptura de la cuarta pared, capturó la atención del público y nos mantuvo con gran interés. Hubo gran dinamismo y gran ejecución a lo largo de la pieza, a lo que diríamos en el mundo del arte escénico: “sostuvieron muy bien la obra”. 

La combinación de los textos y el movimiento aportaron en gran forma a la dramaturgia; entre ambos se acompañaron y no hubo uno que se sobrepusiera sobre el otro. Fue en estos momentos en los que salió a relucir el dominio escénico de ambos intérpretes, pudiendo emplear el texto y el movimiento de forma simultánea sin sacrificar ninguna técnica. 

Me tomo el tiempo para acentuar este aspecto ya que por muchos años he visto piezas teatrales o de danza, en las que no logra aplicarse a cabalidad recursos típicos de cierta destreza. Ya sea que algún actor tenga una frase de movimiento que no domina o que un bailarín utilice el recurso de la voz sin conocimiento o entrenamiento en cómo hacerlo. Usualmente, cuando no se logra cumplir con esto, tienden a ser escenas que provocan una caída en la dramaturgia de la pieza, un eslabón débil e imposible de negar que perjudica la obra como un total. 

Es por esto, que destaco “Un pajarito me contó que estamos hechos de historias” y la interpretación y ejecución de estos artistas, ya que como mencioné al comienzo de esta crítica, a mi parecer Regueyra y Chavarría lograron un armonioso balance entre la danza y el teatro. 

Fotógrafa: Valery Aguilar

Por otra parte, el diseño de las luces, a pesar de que el diseño general estaba acorde a la pieza, la ejecución de las mismas dejó para desear. El día que asistí estuvieron atrasadas en varias ocasiones y sucias en su aplicación. Esto fue una lástima ya que algunas de las transiciones entre escenas o momentos se desperdiciaron a causa de esto.

Finalmente, considero que “Un pajarito me contó que estamos hechos de historias” se vería más beneficiada de presentarse en una sala o espacio mucho más pequeño que el Teatro de la Danza. Creo que se le podría sacar mucho más provecho a la interacción con el público y la exposición de lo íntimo que la obra propone, en un lugar más reducido que contribuya con esto y no que represente un reto -como lo percibí-.

Como público les digo, si ven que “Un pajarito me contó que estamos hechos de historias” se vuelve a presentar, vayan. Adolescentes: les moverá cosas. Adultos: se sentirán muy identificados. En general, la van a disfrutar muchísimo. ¡Buen trabajo!