Para romper el mar de hielo que llevamos dentro: bailemos, leamos

Al dedicar buena parte de mi tiempo a editar la escritura de diferentes artes y a la literatura, a veces -por respuesta o por autocuestionamiento- me veo en la necesidad de defender la importancia de nuestras disciplinas. He convertido en mi hobby favorito hacer apología de las pasiones de mi vida. Si a ustedes, como a mí, les ha pasado que tienen la necesidad de responder a la pregunta ¿por qué le dedico tanto tiempo y dedicación a cosas que parece no tener utilidad en los tiempos que corren? (seguida de la pregunta ¿moriré de hambre?), me gustaría compartirles mi reflexión de autoconvencimiento al por qué seguir poniendo empeño en las artes. De paso, aclaro, no soy una artista, ni bailarina, ni escritora. Pero, llevo casi dos años tomando clases de danza contemporánea, actualmente, edito, como jefa de redacción esta revista, entre otras oportunidades que tengo de estar siempre cercana a las artes combinadas con las letras. Por eso, me gusta sentirme una eterna aprendiz y apasionada, particularmente, de la danza y la literatura.

 

Justamente, por eso, me resulta una hermosa coincidencia que el Día Internacional del Libro (23 de abril) y el Día Internacional de la Danza (29 de abril) se celebren con unas seis fechas de diferencia. Me gusta pensar que hasta en eso están relacionadas, porque tanto la literatura como la danza se nos abren como posibilidades del lenguaje para transmitir nuestras historias. Es ahí donde radica su valor. Bien sabemos que los lenguajes de movimientos no tienen que ser lineales, ni siquiera deben de responder a un orden narrativo. Sin embargo, siempre nos están contando algo.

 

Queremos contarnos, leernos, explicarnos, expandirnos, comprender y compartir nuestras vivencias y, a veces, lograr ser otros, que no somos, para vivir otros mundos. La necesidad que tenemos de bailar es la misma que nos moviliza a leer historias. Es, justamente, este mismo afán es el que nos mueve a criticar, escribir sobre y desde la danza, como hacemos En las Tablas. El deseo que tenemos de aprender, de leer y entender(nos) es lo que nos hace bailar las ficciones que nos sabemos y las que creamos. Esto es lo que hacen las historias: moverlo todo; sacudirnos a pensar y sentir es lo que hacen las historias.

 

Eso es lo que nos permiten la danza y la literatura. Sin embargo, llevamos tanto por dentro y existe tanto de lo que quisiéramos dar cuenta, que los lenguajes que conocemos se nos hacen cortos. Por eso, necesitamos crear, cada vez más, nuevos y diferentes lenguajes. Sin embargo, el lenguaje tiene como requisito primordial la comunicación ¿Podemos o debemos siempre comunicarlo todo?

 

En la entrevista del mes de abril, el maestro Jimmy Ortiz responde esta pregunta, al contarnos sobre la necesidad de ficción en la creación de la danza. Esto es justamente, otra de las riquezas de estos lenguajes: lo narrado, lo poetizado, lo bailado, no debe responder a nada más que a la intención de lo que queremos contar. Los lenguajes atravesados por las ficciones nos han permitido decir lo prohibido, denunciar lo intachable, tocar las fibras más finas de recuerdos o experiencias. Lo que queramos creer o no de los lenguajes ficcionales, queda abierta a nuestra capacidad de lectura y reescritura del lector/espectador.

 

Así somos parte, lectores/espectadores de todas las historias contadas. Sabemos que aprender a leer es un proceso más o menos complejo. Decodificar letras resulta un ejercicio que aprendemos casi siempre a tempranas edades. Sin embargo, comprender y aprehender significados es otro cuento. El entrenamiento que necesitamos para que cada significado nos haga agrupar ideas, nos permita observar y sentir otras perspectivas es un proceso que requiere más dedicación. Lo mismo pasa con los lenguajes del movimiento. Lograr leer los cuerpos es un ejercicio que implica un esfuerzo del lector/espectador que también requiere entrenamiento y dedicación, pero, sobre todo, atención, porque tanto la lectura profunda de las letras, como la lectura profunda de los cuerpos a lo que apela siempre es a la empatía.

 

Es la empatía que producimos y estimulamos cada vez que leemos cuerpos, ideas y mentes la que nos impulsa a continuar poniendo nuestro esfuerzo en estas, nuestras pasiones. Franz Kafka dijo sobre la lectura que “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Pienso que, si leemos/vemos el movimiento, como leemos libros, como deberíamos leer personas, cada encuentro con nuevos lenguajes debería ser el hacha que rompa toda esa frialdad que llevamos dentro. Entonces, que nuestro movimiento, como nuestras historias muevan a otras personas a sentir desde otras perspectivas, a ponerse en otras circunstancias, a reflexionar sobre todo lo que ha creído hasta ahora. Tal vez, así, poco a poco dejemos de ser los autómatas que a veces parecemos durante nuestra vida. Si en nuestros tiempos parece, cada vez más, nos inunda una ausencia de comprensión por las realidades ajenas, tal vez sean las historias bailadas, narradas, nuestra salvación.

 

 

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