Historia en las tablas: labor docente (Parte II) – Cuba, historias dignas de escuchar

 

Cuando Santiago De La Cuesta (mi tío cubano) llegó a Costa Rica, traía consigo historias dignas de escuchar, muchas de ellas asociadas a la Revolución en la cual tomó un papel activo junto con su padre durante los años 60. Para mí, esto significó un gran aprendizaje desde una fuente directa ya que estas historias sembraron desde mi niñez un interés en su manera de ver la vida. Aunque Santiago nunca tuvo relación con la danza o el arte, recuerdo desde niño escuchar mucho sobre la cultura de su país, la disciplina al estudio y el mérito hacia las grandes figuras que impulsaron cambios en su país. Las historias de migraciones eran comunes, tanto de él como de otros cubanos; y parte de lo que él me mencionaba es que en ese momento el desarro dancístico en nuestro país el desarrollo dancístico era bastante escaso, ya que si nos vamos a los orígenes de nuestra propia historia de la danza, para ese momento no existía ninguna de las compañías que tenían un apoyo o subvención estatal.

 

Recordemos fechas importantes de las décadas de los 70 y 80 que definen la institucionalidad y, por ende, el apoyo económico gubernamental: el Taller Nacional de Danza Contemporánea del Ministerio de Cultura se funda en 1971, La Escuela de Danza de la Universidad Nacional en 1974, Danza Universitaria en 1978, la Compañía Nacional de Danza se funda en 1979, y la CCDUNA en 1981 (Ávila 2008). Ahora bien, recordemos que existían grupos independientes que fueron el precedente a estas compañías, y, claro está, que hubo maestras como: Mireya Barboza, o Margarita Bertheau y Flor del Carmen Montalbán; que tuvieron sus espacios y le dieron bases a muchos bailarines que serían nuestros maestros posteriormente. Ya sabemos que, actualmente los tiempos son otros, y contar con la plataforma dancística actual es un privilegio a nivel centroamericano e, inclusive, latinoamericano, ya que gracias a la influencia positiva y emblemática de Elena Gutiérrez (Chile), Rogelio López (Costa Rica) y Cristina Gigirey (Uruguay), nuestra danza se consolidó y contó con reconocimiento y un espacio en el presupuesto Nacional.

 

En los años siguientes, Costa Rica se vio influenciada positivamente por muchos bailarines y maestros de distintas nacionalidades, mas es innegable la clara y fuerte presencia de Cuba en nuestro arte, en nuestra danza, y en especial, en el ballet Costarricense. Desde Maestros como: Pedro Martín Boza, Annia Rosales, Pedro Baró, Luisa Regla de la Torre, Fidel Herrouet, Jorge Felix Morejón y otro como José Alberto Musa (en circo) han brindado a nuestro país una vitrina de conocimientos, métodos y enseñanzas que no solo tienen que ver técnica, sino con la manera de integrar el movimiento y el entrenamiento diario al cuerpo. Aunque no es bueno generalizar, cuando se trata de virtudes, los cubanos tienen una picardía, motivación y entusiasmo particular, que si se crece viviendo estas emociones sin ser cubano, se aprende a tomar muy en serio la tarea, no importa el tono de voz, ya que esa euforia se justifica en el ímpetu de hacer las cosas con gran calidad.

 

Recordemos que los pueblos que tienen grandes revueltas sociales se ven obligados a crear sistemas que funcionan para vivir en medio de las consecuencias de estas, por tanto, no es casualidad que la emblemática figura de Alicia Alonso emerfiera con tanto poderío ante tantas vicisitudes y momentos difíciles dentro de su país, pues más allá del recurso económico para realizar la danza, los bailarines cubanos supieron sacar provecho de su esencia para realizar la labor con un sello de estricta calidad.

 

Muchas son las herencias de estos grandes maestros a la danza de nuestro país, y, también, muchas las alumnas de estos mismos que luego fundan sus propias academias y nos continúan transmitiendo una técnica que se acopla a los cuerpos de manera grácil y eficaz, y no porque otras como la Escuela Rusa o la Inglesa  no lo hagan, dado que un buen enfoque, una buena pedagogía y una correcta asimilación pueden tener resultados maravillosos, como lo hay en muchas bailarinas de estas escuelas en nuestro país,  sino porque desde la experiencia, puedo mencionar que la técnica cubana me marcó con maestros como Fidel, quizá porque en él veía mucho a mi tío Santiago  o porque el sentido fuerte y presente de sus clases me retaban a acoplar la técnica clásica aún sin contar con condiciones físicas anatómicas para hacer el ballet de manera más sencilla.

 

Cada uno de estos maestros llegó a nuestro país  por razones varias, con historias dignas de escuchar, y para eso sería interesante tomar una taza de café  o bien escribir artículos o capítulos de libros de Historia de la danza de Costa Rica que profundicen en este suceso. A varios kilómetros de distancia, existe una isla que ha marcado una clara influencia en el movimiento dancístico de Costa Rica y profundizar en ella sería una labor valiosa que enriquecería la Historia de la Danza Nacional.

 

 

 

Fotografía con fines ilustrativos. Fotógrafa: ITXN Photo Obra: “Reencarnarciones” Coreógrafa: Evelyn Chapellín

 

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