Historia en las tablas: labor docente (Parte I)

“Uno de los asuntos de los que nunca discutimos, o que rara vez discutimos, es del valor y la importancia de la conexión Humana”

Rita Pierson

 

 Cuando Caro me entrevistó, hablé de 3 personas sumamente valiosas e influyentes en mi carrera profesional, las tres coinciden en ser formadoras (aunque también coreógrafos) y aunque muy distintas una de otras, su convergencia radica en la calidad humana y la enseñanza de su contenido. En Cecilio Casas aprendí la disciplina y el coraje,especialmente cuando no me salía nada y no sabía casi nada, en Marianela Vargas el amor y carisma al enseñar pues nunca olvido que siempre había algo positivo antes de la crítica constructiva, y en Luis Piedra la rigurosidad y el detalle ya que nunca menospreció lo que ya yo sabía y buscó pulir de lo que carecía. Ellos tres me enseñaron que uno como bailarín en proceso de formación debe llevar la técnica como un complemento de la calidad humana y no en su sentido contrario. No discrimino sus aprendizajes técnicos, ni el de muchos otros grandes y buenos maestros que han influenciado positivamente mi carrera y la de muchas otras personas, pues estos nombres claramente serán distintos en cada persona, pero hoy que doy mis clases y recuerdo esos momentos donde deseaba correr y no volver, esas 3 personas me dieron un conglomerado de herramientas distintas para continuar. Creo que todos hemos tenido ese maestro, esa persona que media positivamente en nuestra carrera, una persona que influye tanto en nosotros que terminamos por adquirir rasgos de su métodología para dar nuestras clases, o que recordamos con tanto cariño y respeto que enarbolamos la bandera de sus lecciones con algo más que una mera descripción técnica de las mismas, y que hace que esta figura, “la del docente”, no quede mitigada o reducida a nada.

En una profesión donde la mayoría de resultados se miden por lo que se transmite (física-mecánica y emocionalmente) y en cómo los elementos confluyen en la dirección correcta o deseada, el pensamiento se dirige la mayoría de las veces al coreógrafo, los bailarines, el escenógrafo, luminotécnico, diseñador de vestuarios, modista, compositor, editor, asistentes (todos los anteriores en caso que exista presupuesto para una producción a ese nivel) y cada persona que hace que un espectáculo tenga un alto sello de calidad, para que la puesta en escena sea recordada, conmemorada y que trascienda en su contenido y forma. No obstante, la mayoría de las veces olvidamos una figura que hace que la pieza en cuestión tenga cierto resultado y es la del profesor, la que está y ha estado detrás de esos bailarines.

Es innegable que la gran mayoría de profesionales de la danza venimos de procesos formativos; ya sea en educación formal, no formal o informal, donde existe un mentor, una guía o una persona que pasa el conocimiento de un cuerpo a otro, ya sea mediante el discurso oral, la ejemplificación corporal o la designación de tareas que crean en el receptor – estudiante, el aprendizaje necesario. No obstante, se puede decir que esta labor en muchos casos se invisibiliza porque parte de este fenómeno efímero de la danza presenciada nubla el gran proceso formativo, de entrenamiento, estudio y análisis para optimizar y crear lo necesario para que nos veamos como nos vemos en las tablas. Hago hincapié en mencionar que utilizo palabras como “la  mayoría“ o “generalmente“ y sus sinónimos ya que no es regla ni norma y existen personas, agrupaciones y compañías que valoran, aprecian y dignifican la labor docente. Ahora bien, lanzo una pregunta: ¿Cuántas veces vemos al maestro de danza subido en el escenario saludando con el coreógrafo, director artístico y bailarines? En lo personal, pocas veces lo he visto.

Hace poco leí una columna realizada por Marta Ávila  sobre  de la trayectoria y aportes de Carlos Morúa, donde además de admirarlo por su gran empeño en dar oportunidades a tantas personas, veo también el interés de la escritora por enaltecer el nombre de una figura que no muchos conocen, o que quizás con los años ha trabajado en silencio. Nuevamente el compendio de preguntas brotan en mí y generan un interés que podría tener un buen desarrollo y múltiples respuestas, entre ellas ¿cuántas personas realizan trabajos tan valiosos formando, educando y sensibilizando y estos pasan inadvertidos por no estar inmersos en la GAM o en alguna escuela formativa? ¿Qué leeríamos si cada bailarín escribiera de uno o dos docentes que ha calado profundo en su aprendizaje? ¿Hasta qué punto olvidamos con tanta simpleza al maestro que estuvo detrás?

Por supuesto no estoy hablando de esos malos docentes que solo les gusta llenarse el ego cuando se les dice maestro, no en referencia a la profesión sino en referencia de la Grecia Clásica, o aquellos que al ser cuestionados en clase ven esto como una falta de respeto debido a su inseguridad, o de aquellos que  creen que les deben de tener respeto (miedo) pues son la figura máxima. Claramente no me refiero a aquellos que quizás son grandes bailarines pero no saben cómo enseñar sin dejar su ego de lado y  nos tratan de impresionar en sus clases que posiblemente no tienen ni pies ni cabeza; la referencia no es para quienes tienen títulos y reconocimiento social y se basan en esto para creer que siempre tienen razón. No hablo de aquellos que agreden con sus palabras viciadas de malas experiencias en su juventud y colmados de hábitos poco pedagógicos, o de aquellos que dan su conocimiento de la misma manera y que por cambiar la música en sus ejercicios sienten que están innovando sin atreverse a revisar otro métodos de enseñanza que podrían tener mejores resultados, pues no estamos hablando de una ciencia exacta con fórmulas prediseñadas, estamos hablando de arte, y si el mismo Ballet originado en el siglo XV ha sufrido trasformaciones y análisis riguroso desde entonces, ¿por qué no analizar si puedo modificar y así evolucionar mi propia clase?.

Hablo de docentes que tienen carisma, amor al enseñar, calidez al corregir, una guía que va más allá de un concepto técnico, maestros en todo el sentido de la palabra que hacen creer a sus estudiantes que si se puede lograr un objetivo, personas que saben sacar lo mejor de quienes depositan la confianza de tener aprendizaje significativo, personas que no solo dominan los contenidos de sus lecciones sino que saben cómo hacer que quienes se disponen aprender se sientan fascinados por lo que la persona dice o hace, y que se sientan en capacidad de llegar a la meta colocada. Maestros que entienden que aunque el cuerpo es una máquina perfecta, esa máquina es manejada por un Ser Humano, íntegro, y que especialmente en ciertos momentos de su vida, esta persona marcará su existencia positiva o negativamente. Profesores sensibles, que recuerdan que alguna vez fueron estudiantes y  presas de malos pedagogos, que los hicieron pasar momentos desafortunados, y que en algún momento pensaron “desearía que esto fuera diferente“ e hicieron el cambio en ellos mismos.

Una razón por la que creo que esta figura se invisibiliza es porque, como mencioné anteriormente, nos basamos en resultados tendiendo a olvidar procesos si el producto es bueno o bien pensando que si el producto es deficiente el proceso también lo fue, cuando no necesariamente es así, pues existen obras bastante malas (claramente desde un punto de vista muy subjetivo) con bailarines motivados y satisfechos, no del reconocimiento social o del gremio, sino de su experiencia artística, vista como un todo. Lo mismo sucede en la docencia, pues habrá docentes que tendrán las academias más prestigiosas del país de la cual todos quieren formar parte para sentirse enaltecidos, mas no hay seguridad que sus clases sean ejemplos de asertividad y de cuidado al cuerpo, so pena de una lesión permanente exponiendo el mismo a todo tipo de métodos poco pedagógicos e insensibles para que en la función el público quede boquiabierto, pues tendemos a pensar que danza es sufrir, es pelear contra el cuerpo, la edad y por tanto el tiempo, en vez que se nos enseñe a aceptarlo y optimizar nuestro talento. El producto gana al proceso, y el resultado efímero al maestro.

En pedagogía se estudia mucho y de distintas ópticas al individuo, y un tema fundamental es el de motivación, pues ya sea intrínseca o extrínseca, siempre debe de haber una mezcla de ambas para que el conocimiento sea procesado, visto en los enfoques cognoscitivos de la motivación (Woolfolk, 2010). No somos solo recipientes vacíos sin nada que aportar, somos seres participativos, activos y profesionales en potencia o profesionales activos que necesitan algo más que meros tecnicismos, pues motivar no es un asunto de estar joven o ser principiante. Y esto suena fácil decirlo, además muy utilizado y casi cliché, pero ¿realmente se cumple? Ser una guía no siempre es fácil, y en honor a esas personas que trabajan en construirse mejor así mismas, me agrada pensar que quizá con estas palabras, habrán quienes piensen en ellas, y ya sea de danza u otra rama del conocimiento, reflexionemos y agradezcamos a esas personas que han vuelto conocimiento simple en conocimiento significativo, ese que sirve para la vida.

Para concluir debo hacer referencia a Rita Pierson, pues en sus distintos videos de Youtube he encontrado una cantidad sorprendente de información valiosa, que ha cambiado mi manera de ver al docente y específicamente en “Every Kid needs a Champion”, donde menciona palabras fundamentales de James Comer y George Washington Carver sobre el conocimiento, la conexión y las relaciones humanas. En este video que pone en perspectiva múltiples visiones, claramente desde un salón de clases tradicional, pero podemos extrapolar todo lo que dice, ya que sus palabras son de forma y contenido, del que nos podemos hasta  reír con su manera quizá poco ortodoxa de evaluar, como poner una carita feliz a la par de un “F” porque su estudiante no se equivocó en todo y tuvo dos aciertos, motivándolo a que lo haga mejor en la próxima. Experiencias como saber que su grupo inicial no está donde debe de estar (en conocimiento) pero ella como educadora y sin culpar a la anterior, tiene el deber de hacer llegar su clase a lo más alto, y de insertar una idea que motive hasta a aquel que nunca ha creído en sí mismo, pues nos hace ver la docencia como algo digno de admirar,  y así como ella concluye en su video (el cual espero que sigan el enlace de las referencias bibliográficas) diciendo: “Podemos hacerlo, somos educadores, nacimos para hacer la diferencia”.

Creo, desde un punto de vista muy personal y basada en mis experiencias tanto siendo docente y como estudiante, que realmente hay personas que trascienden y nacieron para convencernos que podemos lograrlo. A todos ellos gracias, porque  detrás del aplauso, posiblemente en la butaca, existe un alguien que nos empujó y nos motivó a llegar hasta ahí.

 

Fotografía con fines ilustrativos. Fotógrafa: ITXN Photo. Obra «Un sueño imposible» de Carmen Werner para la CCDUNA. 

 

 

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